sábado, 2 de octubre de 2010

Los confederados argentinos

Una de las herramientas más utilizadas por los intereses fácticos locales para defenestrar a su propio país a pesar de que dicen defenderlo, es la comparación de Argentina con países como EE.UU., Australia o Canadá. Según ellos, estos países ricos lo son por haber desarrollado su raíz agropecuaria. No como Argentina que ha dejado de ser un país rico allá por los años cuarenta para convertirse en un país subdesarrollado.

Esta construcción del relato nacional ha sido confeccionada por las oligarquías dueñas de las tierras más productivas de la Pampa Húmeda que absorbían toda la riqueza que generaban nuestros suelos en materia agropecuaria y condenaban al pueblo trabajador a ser sus servidores.
Ese estilo de vida parasitario denunciaba que nuestra oligarquía no estaba interesada en diversificar la producción, ni desarrollar la industria nacional, ni el mercado interno. Estaba cegada por la mirada europeísta de Sarmiento y de la generación del ochenta que consideraba que todo debía importarse de la Europa anglosajona, hasta sus habitantes. Para ellos el habitante originario o el gaucho era un ser ordinario cuyo salvajismo había que domar para destinarlo al peonaje o a la custodia de nuestras fronteras.
Una muestra ejemplar de esta visión europeísta es la diagramación que se utilizó para la construcción del Ferrocarril realizada por capitales ingleses y franceses. Las líneas férreas distribuidas en forma de abanico, posibilitaban el traslado de mercancías desde el interior del país hacia el puerto de Buenos Aires para exportarlas a Europa. De esta manera los ingleses se aseguraban la provisión de alimentos baratos en su país para mantener a su ejército industrial con bajos costos y no perder competitividad en el mercado exterior.
Por su parte nuestra oligarquía despilfarraba el diez por ciento de sus riquezas en largos viajes a Europas y el resto en consumir todos los productos que importaban desde el viejo continente. Pero no solamente importaban productos, también ingenieros y arquitectos que diseñaban sus palacios porteños y sus estancias bonaerenses a imagen y semejanza de los parisinos. De esta manera nuestra oligarquía seguía contribuyendo al desarrollo del capitalismo europeo, exportando alimento barato e importando valor agregado, hecho que ha impedido el desarrollo económico de su propia Nación.
Así nuestro desarrollo como Nación quedó anclado en las Estancias mientras que economías de países, también colonizados por una potencia extranjera, como EE.UU., Australia y Canadá produjeron un corte abrupto con la evolución económica, política y social que siguió nuestro país para convertirse en Naciones desarrolladas.

Desde antes de ser naciones libres tanto Australia como Canadá supieron diversificar la explotación de sus materias primas, pero lo más importante en este aspecto fue la modificación de la tenencia aristócrata de las tierras más productivas para redistribuirlas equitativamente entre sus habitantes, hecho que no se logró sin "confrontaciones" ni “crispaciones”.

Australia realizó una reforma agraria en 1861 sin poca resistencia. Al mismo tiempo desarrolló la minería, la cerealicultura, la tecnología y se expandieron las líneas férreas. Cuando Australia declaró su independencia de Inglaterra -recién en 1901- ya era un Estado-Nación con un fuerte sentimiento nacional, una economía diversificada y pujante, y una distribución de la riqueza por demás equitativa, preparada para convertirse también en una potencia industrial hacia mediados del siglo XX.

Cuando Canadá declaró su independencia en 1867 ya había construido una línea férrea que le permitía el intercambio comercial con EE.UU. Rápidamente comenzó a convertirse en uno de los proveedores más importantes de productos agrícolas y el mayor productor mundial de zinc y uranio. Es también líder mundial en muchos otros recursos naturales como el oro, el níquel, el aluminio y el plomo.
Desde la Segunda Guerra Mundial, la transferencia de estos recursos impulsó un gran crecimiento de la industria manufacturera, transformando a la nación de una economía rural a una, principalmente, industrial y urbana.

Pero la transformación que necesitó de mayor violencia para poder llevarse adelante se produjo en otra ex-colonia inglesa: Estados Unidos.
Estados Unidos estaba, para 1861, dividido en dos partes casi iguales: el norte unionista y el sur confederado. Los unionistas reclamaban la transferencia de recursos obtenidos mediante la exportación de tabaco, algodón y caña de azúcar por los terratenientes del sur, para el desarrollo industrial que estaban realizando tibiamente en el Norte. La Unión pugnaba por la abolición de la esclavitud y la formación de un proletariado asalariado. Para llevarse adelante estas políticas socio-económicas era imprescindible la inversión en obra pública (caminos, ferrocarriles y edificios públicos) y el establecimiento de aranceles altos para proteger a la industria nacional, mientras que los confederados no podían permitir el aumento de sus costos eliminando la esclavitud y la implementación de aranceles altos que atentaran contra el libre comercio que ellos necesitaban para exportar sus productos a las potencias industriales europeas.
Esta disputa se resolvió mediante una cruenta guerra civil que dejó en cuatro años de luchas alrededor de 620.000 muertos.
Uno de los datos más curiosos es que los vencidos, al no tener industria más allá de poseer las mayores riquezas, tuvieron que importar armas de otros países.
Finalmente la victoria de los unionistas convirtió a EE.UU. con el tiempo en la primera potencia mundial al explotar sus inmensas riquezas naturales y utilizar esas ganancias para subsidiar el desarrollo industrial. Pero más allá de eso, EE.UU. fue el país más proteccionista del mundo hasta por lo menos, la Primera Guerra Mundial, mientras que Argentina no tenía siquiera una industria que proteger.

Hoy si comparamos la evolución de países como Estados Unidos, Australia o Canadá con Argentina nos encontramos con que el decil más rico de nuestro país tiene un ingreso per cápita más alto que esa fracción de la sociedad de estos tres países, mientras que la población con menores ingresos a nivel local es, a su vez, veinte veces más pobre que los estratos más bajos de estos países. Eso se debe claramente a que el sector agropecuario no genera puestos de trabajo como lo hace la industria, además de explotar al peón y ocupar el primer lugar del sistema productivo nacional en evadir impuestos, recursos con que el Estado podría destinar más asignaciones en materia social e inversión pública y así combatir la pobreza que tanto le preocupa a la Sociedad Rural.

Sin embargo siempre que se intentó en nuestro país el desarrollo de la industria distribuyendo las divisas provenientes de la exportación de las materias primas se logró un avance significativo en la redistribución del ingreso pero estos períodos históricos fueron muy cortos y, contrariamente a lo resuelto en otros países, los exportadores agropecuarios y los especuladores financieros terminaron truncando el intento industrializador.
Esta lucha está íntimamente ligada a la evolución de los salarios de los trabajadores y a su protección social, que vivieron sus momentos de gloria en las tres presidencias del General Juan Domingo Perón (1946-1955 / 1973-1974).
Desde el 2003 el proceso liderado por Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner retoma el concepto industrialista-inclusivo trazado por el General Perón, sin embargo, tras años de profundos retrocesos, los indicadores de pobreza y desempleo todavía se encuentran por encima de los registros observados en 1974. En ese momento la desocupación no superaba el 4 por ciento y la informalidad rondaba el 17 por ciento.

Por eso no nos dejemos engañar por el discurso de los “confederados pampeanos” argentinos, que nos quieren hacer creer que la causa de nuestro subdesarrollo se debió a procesos populistas y demagogos.
Cuando se compara nuestra evolución con la de países parecidos al nuestro en cuanto a clima y riquezas naturales como Estados Unidos, Australia o Canadá para denigrarnos, no lo hacen con el sentimiento patriótico que dicen tener sino para defender el programa económico con el que siempre se llenaron sus bolsillos.

2 comentarios:

  1. Muy bueno, leyendo la historia se pueden establecer comparacones muy sugestivas.El asunto es abordar lo que nos ha pasado, quienes han sido los que cortan el bacalao y construyen los discursos que se repiten hasta el hartazgo...

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  2. Gracias Daniela, pienso que es fundamental establecer líneas históricas para analizar la coyuntura. A pesar de que ultimamente periodistas como Lanata estén hartos de hablar del "pasado"

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