Cuando H
ipólito Yrigoyen asumió el gobierno de la República en el año 1916 su estrat
egia política se basó en la fuerte defensa de la industria nacional, la posición anticolonialista para frenar los avances de Estados Unidos sobre nuestra región y el carácter federal que daría forma a nuestra República.
Su política social lo convertiría en uno de los Presidentes más populares de nuestra historia, despertando la admiración del propio Juan Domingo Perón.
Hoy esos aires populistas están lejos del Presidente de la Cámara de Senadores de la UCR, Ernesto Sanz, quién se pronunció en contra de la Asignación Universal por Hijo porque según él los recursos asignados a las familias pobres terminan siendo utilizados para el consumo de Paco y para ser despilfarrados en el juego; o por la denuncia del Senador Morales contra la dirigente social Milagros Salas a quién acusó de liderar grupos armados.
Pero no fueron los primeros. El diputado radical Ernesto Sanmartino pasó a la historia en 1947 por definir al pueblo peronista como un “aluvión zoológico”. Pero la criminalización de la pobreza y el desapego por lo popular no formaban parte, precisamente, de los ideales de Alem y de Yrigoyen.
La creación de cargos públicos fue una herramie
nta fundamental para mejorar la
situación de la clase media. El tope al arriendo de tierras productivas y a los alquileres, sumados a la expropiación de azúcar a los grupos acaparadores ponen en evidencia que no iba a permitir que se siga desarrollando en nuestro país el modelo agro exportador solo favorable a los grandes terratenientes. Yrigoyen nunca hubiese sospechado que unos noventa años después, en nombre de su partido, los representantes del voto “no positivo” alentarían un proyecto de país exclusivo basado en la primarización de la economía.
A pesar de los fusilamientos de peones en la Patagonia y de la represión de la Semana Trágica que causó 700 muertos y más de mil 4000 heridos, se logró legislar un salario mínimo, una jornada máxima de ocho horas de trabajo, y se cuadruplicaron las indemnizaciones. Durante la huelga ferroviaria de 1917, la casa de gobierno abrió por primera vez sus puertas a las delegaciones obreras.
Estas políticas públicas fueron criticadas por los liberales porque según ellos Yrigoyen construyó el clientelismo con base en el empleo público. Los radicales de hoy seguramente se hubieran sumado a las críticas liberales contra uno de los próceres de su propio partido.
Por ese entonces crecía en el radicalismo la figura de Marcelo T. de Alvear que provenía de una familia oligarca. Despilfarrador nato, mujeriego empedernido y amante de la noche Alvear se encontraba en París cumpliendo funciones de embajador, cuando fue elegido por Yrigoyen como su sucesor.
Un mes antes de asumir, abrazando a Yrigoyen, le dijo: “Usted sabe que siempre seré su amigo fiel”. S
in embargo una vez apropiada la presidencia acusó a Yrigoyen de personalista y de autoritario; funda el Partido de la Unión Anti-personalista y establece alianzas con varios partidos conservadores.
Los seguidores de Yrigoyen tratan a Alvear de traidor, de “galerita” (aristócrata) y amenazan levantarse en armas contra el Presidente, hecho que nunca se llegó a concretar.
Lo cierto es que los “defensores de la democracia” multiplicaron las intervenciones federales a las provincias por medio de decretos y no por leyes enviadas al Congreso porque a pesar de que el país pasaba por uno de los momentos más tranquilos de su historia, gracias a la recuperación de la economía mundial, los sindicatos realizaron 519 huelgas para obtener mejores condiciones laborales.
Durante su segundo gobierno en 1929, con 76 años a cuestas, Yrigoyen tuvo que afrontar la primera gran crisis mundial capitalista que bajaba desde los Estados Unidos.
El grupo de acólitos que había cerrado filas para proteger al Presidente de los ataques de la prensa y de los conservadores, se autobautizó como el Klan Radical, mientras que el periodismo lo denominó como La Mazorca Radical.
El país vivía una espiral de violencia que casi se lleva la vida del Presidente en un atentado fallido, mientras que el Klan Radical actuaba de manera intimidatoria contra los opositores al gobierno. Su acción más temeraria se produjo cuando atacó con ráfagas de ametralladora a José de Uriburu, luego de que éste diera el golpe de Estado contra Yrigoyen, mientras se dirigía a la Casa Rosada en un auto abierto, durante la ceremonia de su ascenso a la presidencia. El hecho provocó la muerte de 15 personas y 200 heridos.
Marcelo T de Alvear declaraba al respecto en La Razón:
“Tenía que ser así, Yrigoyen con una ignorancia absoluta de toda práctica de gobierno democrático, parece que se hubiera complacido en menoscabar a las instituciones”.