sábado, 30 de octubre de 2010

Despedida al loco que nos invitó a soñar

Corrían los años 90s. La tinellización cultural nos adormecía. La técnica empresarial era la herramienta que derruía la vida cotidiana de los trabajadores. La política estaba ausente. La democracia funcionaba solo para una minoría privilegiada. La de los patrones.

Llegado el año 2000 decido aprovechar una oferta laboral que me llegaba desde España. Cansado, confundido y desesperanzado, con la frustración argentina a cuestas, decidí probar suerte en ese lejano país. Pero luego de unos primeros meses de entusiasmo, empecé a sentir un vacío interior que se fue profundizando a medida que pasaban los meses. Las noticias que llegaban desde mi lugar en el mundo, eran desalentadoras. Seguían cerrando fábricas y dejando miles y miles de trabajadores en la calle. Pero allí estaba mi familia, mis amigos y mi patria. “No aguanto más, me voy a pelearla con mi gente”, me dije. Un argentino radicado allá me aconsejó: “estás loco, con la deuda externa que tiene Argentina, tenemos hipotecado hasta el futuro de nuestros nietos” “Como va a salir Argentina de la crisis si está rodeada por países pobres”. No me importó. Ya me había convertido en un tanguero empedernido. A la distancia me había vuelto más argentino, más latinoamericano y menos europeo. Es más, en España aprendí a valorar y amar verdaderamente a mi patria. Mi aventura europea duró tan solo un año y medio.

Lo que me esperaba a mi regreso era peor de lo que había dejado. No conseguía trabajo, el corralito devoraba los pocos ahorros que me habían quedado, las colas interminables en los bancos, la agresión entre iguales, el odio contra esa clase política rastrera, familias enteras se habían convertido en cartoneras (un término que tuve que aprenderme ni bien bajé del avión). Unos tipos de traje que venían del primer mundo ocupaban el centro de la escena cada vez que nos visitaban. Venían a exigirnos que arrojemos más laburantes al olvido para pagarles una deuda externa que aumentaba continuamente gracias a los negociados corruptos de los cipayos traidores. La situación era tan extrema que nuestra moneda ya no tenía valor. Se habrían clubes de trueques dónde médicos cambiaban muestras gratis de medicamentos por un plato de comida; se remataban los campos en el “granero del mundo”; se ejecutaban hipotecas y se echaba a los propietarios a la calle. Te podían echar de cualquier laburo sin motivo y sin indemnización. Total había colas de laburantes buscando trabajo y, con tal de conseguir uno, aceptaban salarios de hambre. Así nacía el trabajador pobre, “flexibilizado”. ¿Cómo? ¿Y el cuento de la propiedad privada? ¿Y la seguridad jurídica? ¿Solo vale para ellos? Y claro si esto es Argentina. El país en dónde unos pocos tramposos viven a expensas de millones de perdedores.

“Vos si que estás loco pibe, venirte del primer mundo en dónde viven como reyes para meterte en este quilombo” “Acá nunca se va arreglar nada, es cultural. Somos corruptos por naturaleza” me decían.
El riesgo país subía todos los días, las palabras ajuste y recortes se repetían hasta el hartazgo.
Las cacerolas, los saqueos, el estado de sitio, el helicóptero, los cinco presidentes en diez días, el default, la pesificación asimétrica, Maxi y Darío. QUE SE VAYAN TODOS! ¿Qué se vayan todos?

Las nuevas elecciones para presidente las había ganado Menem. Otra vez. El primer responsable de la quiebra del Estado. Su propuesta era pasar a una etapa superior del plan de convertibilidad. ¡Ahora dolarización! Pero en la segunda vuelta se tuvo que retirar de la contienda porque el 70% de la población iba a votar en su contra y a favor de nadie. O de cualquiera. El voto era contra Menem.

Así, casi sin darnos cuenta, se nos coló un pingüino por la ventana. El candidato que nadie conocía. El que figuraba tercero o cuarto en las encuestas debajo de las nuevas esperanzas blancas: Ricardo López Murphy y Carlos Reuteman. Lo poco que se conocía de él era que su lejana provincia era la más ordenada del país, la mejor administrada, la que casi no tenía desempleo. La única que funcionaba. “Es por las regalías petroleras y por su baja cantidad de habitantes”, decían unos. “Y, lo que pasa es que tiene ascendencia alemana (¿o suiza?)”, decían otros. ¡Por lo que sea! Lo que la patria necesitaba era un Presidente que por lo menos no asesine a los laburantes que hacían piquetes porque no tenían trabajo. Ese era el juicio de valor que la coyuntura nos obligaba a establecer.

¿Cómo se pronuncia su apellido? Igual no nos gastemos mucho en aprenderlo porque en La Nación ya escribieron que será un gobierno de transición cuya duración no puede alargarse más de un año. Y capaz tengan razón porque como puede gobernar un tipo que asume con el 22 por ciento de los votos cuando en el país casi el 60 por ciento de la población está por debajo de la línea de la pobreza. Bueno, por otro lado sube con el apoyo de Duhalde. El capo mafia de la política. ¿Quién se va a animar a enfrentarlo?

Pero había algo más en ese hombre patagónico. Aquellos que lo conocían bien decían “se van a llevar una gran sorpresa con el pingüino. Es un hueso duro de roer, un tipo con convicciones, con militancia.”
¿Convicciones? ¿Militancia? ¿Qué significaban esas palabras en el ámbito de la política?

El acto de asunción fue de no creer. Estábamos con mi vieja mirando la tele en la cocina y me rendí inmediatamente ante su imagen. Con el saco desabrochado, jugando con el bastón de mando y, lo más sorprendente, bajando hasta la mismísima Plaza de Mayo para abrazarse con el pueblo, ese pueblo que poco tiempo atrás deseaba tener a un político entre sus brazos, pero no precisamente para estrecharlo en un abrazo. Entonces, medio desconfiado, medio emocionado, le dije a mi vieja: “viejita, pero este tipo está loco, con ese entusiasmo me parece que nos saca del pozo”. “No se nada de él pero la mujer que es Senadora nacional tiene mucha fuerza y viene enfrentando al menemismo hace años. Si hasta la echaron del bloque oficialista”, me respondió.

Ese tipo se llamaba Néstor Carlos Kirchner y de a poco empezábamos a aprender como pronunciar su apellido.
Pronto nos aprendimos de memoria muchas palabras mientras que otras comenzaron a ser resignificadas: neoliberalismo, Estado, distribución de la riqueza, quita de la deuda externa, subsidios, derechos humanos, juicios, mercado interno, integración latinoamericana, UNASUR, crecimiento del PBI, Imperialismo, ALCARAJO, Corte Suprema, superávits fiscal y comercial, exportaciones y comercio exterior, reservas, solidaridad, plan de viviendas, democracia, pueblo, corporaciones, monopolios, oligopolios, Magneto, desarrollo social, rutas, cloacas, educación pública, Papel Prensa, ley de medios, ciencia y tecnología, Bicentenario, energía nuclear, fábrica de aviones, Aerolíneas Argentinas, Sistema Solidario de Reparto Intergeneracional, matrimonio civil igualitario, Asignación Universal por Hijo, paritarias, movilidad, retenciones, cooperativas, dignidad, gestión, política… la lista es interminable.

Pero no aprendimos esas palabras por arte de magia, las aprendimos en siete años de esfuerzo, de valentía y de sacrificio. Confrontando y luchando contra todos los intereses conservadores, tanto políticos, económicos y mediáticos, que querían que se cambie poco. Lo necesario para que sus empresas obtengan rentabilidad pero sin redistribuir sus ganancias. Muchos de ellos hoy se alegran por la muerte del líder como si la muerte les fuera ajena. No se bancaron que el pinguino le haya puestos los puntos al mismísimo Bush, o que haya derogado las leyes de obediencia de vida y punto final. Todavía hierven de furia cuando recuerdan la órden que ese "montonero" le dio a Bendini para que baje los cuadros de Videla y Bignone. Ni que le haya dado la ESMA a las madres. Porque al pinguino nadie lo patotea.

Y es que algunos políticos prefieren vivir muchos años en la comodidad material y con la condena de la opinión pública antes que vivir pocos años para meterse eternamente en el corazón del pueblo. Que odio deben sentir cuando ven que el pueblo despide con tanto amor y agradecimiento a quién mejoró notablemente sus vidas con medidas concretas. A quien cuando asumió como Presidente en cambio de subordinarse a las corporaciones como era tradición en nuestro bendito país, tejió alianzas con los sindicatos y con las organizaciones sociales. Ellos nunca tendrán esa gloria. Vivirán sus días políticos mezquinamente, temiéndole al mito popular que arrastra multitudes y que ya no podrán tocar, luchando contra la leyenda que ya nunca podrán derrotar. La leyenda del estadista que supo construir política en la diversidad, que supo enamorar a miles de personas que no comulgaban con el peronismo pero que terminaron apoyando convencidos, su doctrina nacional y popular. Tanto es así que hasta mi viejo, radical por tradición, kirchnerista por elección, le preguntó a mi vieja dos días antes de morirse luego de discutir con un gorila en la vía pública, hace exactamente un año: ¿me estaré volviendo peronista?

Aquel desconocido del apellido difícil que ahora salía fácil fue tan genial que se las ingenió para gobernar en favor de las mayorías, aunque sin olvidarse de las minorías. Por eso cada uno de los ciudadanos que lo despedían en su morada final tenía algo para agradecerle. Con lágrimas en los ojos. Con el fanatismo de aquel que sufrió el desprecio social y hoy se siente parte de un proyecto que lo incluye.
Y yo nunca había visto a tantos ciudadanos haciendo horas de cola, hasta debajo de la lluvia, para agradecerle algo a un político.
Una clase extraña de político que hizo lo que había prometido que iba a hacer, sin engañar a nadie.

En lo personal, Néstor, quiero agradecerte por haberme enseñado tres palabras que me cambiaron la vida: participación, compromiso y militancia.
La militancia en especial me ha hecho confraternizar con compañeros de todas la edades con los que comparto el mismo modelo de nación y el mismo ideal por el que vos militante desde tu juventud. Por el que vos ofreciste tu corazón. Junto a ellos seremos leones custodiando a la Presidenta coraje que nos dejaste como guía. Esa mujer brillante que es toda orgullo, toda capacidad, toda convicción, toda amor. Por nosotros, herederos de los 30.000, y por nuestros hijos que mañana nos pedirán explicaciones por el país que les dejamos.

Ya podes emprender tu vuelo final, en paz. Con ese humor ingenuo que te caracterizaba. Con toda tu informalidad y alegría. Con tu falta de protocolo. Aquí abajo tu historia ya comenzó a escribirse, a contarse, a cantarse. Y al recordarte nos emocionaremos tanto como los viejos que hoy se siguen emocionando cuando cuentan la historia de Perón. Porque fuiste su más fiel heredero. El mejor Presidente de los últimos 50 años. El segundo de los únicos dos, que se atrevió a enfrentar a los poderosos para darle dignidad a los laburantes.

¡Y claro que estabas loco Néstor! Así el establishment estigmatiza a los revolucionarios, a los transformadores, a los que tienen la irreverencia de decirles que NO. Por eso la galería de los patriotas latinoamericanos en dónde fuimos a despedirte está enmarcada con “locos soñadores”. Locos que como vos, transformaron sueños en realidades.

Tu apellido que hoy sale muy fácil pronto formará parte de esa galería de locos, justos, libres y soberanos. Será el obsequio de un pueblo que te amó y que te amará para siempre.

Gracias por todo, loco soñador. ¡Gracias por todo, Néstor Carlos Kirchner!

¡Hasta la victoria siempre, compañero!

jueves, 14 de octubre de 2010

12 de Octubre: Día del Minero

Hace casi 30 años Sebastián Piñera era procesado por la justicia chilena por la quiebra fraudulenta del Banco de Tanca, del cual el actual Presidente de Chile era el gerente. Mientras se encontraba prófugo de la justicia, su hermano José Piñera, Ministro de Justicia de Pinochet, intercedía para que el juez lo desprocese. Sebastián Piñera fue un gran defensor de la dictadura y un empresario inescrupuloso.

Luis Urzúa, el minero número 33, es una víctima del gobierno militar chileno. Su padre está desaparecido desde los comienzos de la Dictadura de Pinochet, y su padrastro fue asesinado poco tiempo después por los mismos asesinos. Ambos eran dirigentes sindicales. Luis Urzúa es un simple obrero que nunca fue procesado.

A estos dos personajes de la nueva tira mediática nada los ha unido en el pasado ni los unirá en el futuro. Siempre tuvieron vidas totalmente asimétricas. Uno es un empresario exitoso devenido en Presidente de la Nación, que hizo su fortuna explotando brazos ajenos como el del minero número 33. Como jefe del Estado chileno una de las primeras medidas que tomó fue el despido de 700 empleados públicos a pesar de que en su campaña electoral prometía terminar con la pobreza y aumentar el gasto público. El minero número 33 arriesgó sus propios brazos para enriquecer a tipos como Piñera. Siempre trabajó de minero. Nunca será Presidente. Y es que en ese Chile tan admirado por el establishment argentino, un obrero no tiene posibilidad alguna de progresar, ni él, ni sus hijos, ni sus nietos.

Tanto se habla del milagro chileno, del crecimiento de su economía, del progreso de sus ciudades. Pero se oculta el bajo desarrollo productivo y el escaso valor agregado. Chile sigue dependiendo de las explotaciones mineras que matan lentamente a los obreros. Se dice que un minero difícilmente supere los cincuenta años de edad debido a los gases tóxicos que inhalan desde niños en las oscuras profundidades de las cavernas.

Por eso Chile es uno de los países de Sudamérica que tiene los peores índices de redistribución de la riqueza. La distancia entre el 20 por ciento más rico y el 20 por ciento más pobre de la población es de 14 veces. El Gini, indicador que mide la desigualdad, es de 0,56, lo que sitúa a Chile como uno de los países más desiguales de la región junto a Brasil y Paraguay.

Su economía atada al ALCA y a los tratados bilaterales de libre comercio quedó prisionera de la crisis financiera internacional. Hoy Chile es el único país de la región que aumentó sus niveles de pobreza (más del 15 por ciento) e indigencia (más del 5 por ciento)

El Presidente y el minero número 33, se estrecharon en un abrazo y cantaron juntos el himno chileno. Un rato antes el minero 33 le exigía al Presidente “que esto nunca más vuelva a ocurrir”. Frente a las cámaras Piñera se muestra sensible y afectivo. El marco mediático es un escenario ideal para su gobierno y para su futuro político. Pero cuando se apaguen las luces Piñera volverá a ser ese empresario fraudulento que permitirá a las mineras infringir todas las leyes laborales. Las mineras perforarán los suelos sin límites hasta llegar al mismísimo infierno si allí se encontraran las riquezas.

Mientras todos los televidentes se conmueven ante el falso abrazo del trabajo con el capital, seres despreciados por el sistema se debaten entre la vida y la muerte. No se trata de pobres obreros patriotas que trabajan a destajo para la corona sino de los sobrevivientes de la Guerra de la Araucanía. Aquellos que no pudieron exterminar ni los Roca, ni los Saavedra, ni los Pinochet. Se trata del pueblo Mapuche que surge una vez más de sus cenizas, como lo ha hecho tantas veces en la historia chilena, para cobrar visibilidad y reclamar por sus hermanos que están encarcelados desde los tiempos de Bachelet, bajo el cargo de terrorismo.

Para lograr notoriedad los treinta y ocho guerreros recluidos realizaron una huelga de hambre que duró casi noventa días sin obtener ninguna respuesta seria a sus reclamos. No se derogará la ley antiterrorista dictada por Pinochet que triplica la pena de delitos comunes, no se dará libertad a los mapuches detenidos por incendiar la propiedad de los terratenientes que ocupan sus tierras ancestrales, ni por supuesto, les serán devueltas.

De este lado de la cordillera la multinacional italiana Benetton sigue ocupando territorio Mapuche en Esquel, Chubut, pero esta noticia no despierta el interés de los medios de comunicación como tampoco lo despiertan los avances de multinacionales petroleras, mineras y exportadoras cerealeras sobre las tierras de los pueblos originarios.

Esas noticias no logran interesar al gran público. Es más noticia si un minero chileno tiene dos mujeres o si en las profundidades también se festeja el Bicentenario. No faltarán simulacros de planes disparatados de rescates o algún periodista imbécil metiéndose en una réplica soez de lo que será la jaula salvadora. El show, el escarnio, la afrenta, siempre están a la orden del día. El pobre minero atrapado será salvado porque el sistema necesita seguir explotándolo. Pero eso a nadie le importa. Se vende, se consume, pero no se condena la corrupción de la empresa que violó todas las normas que regulan la actividad minera.

El Mapuche no es pobre, el mapuche es un inadaptado social, es terrorista. Se mete con la propiedad privada, la incendia. Y no hay cosa peor para el terrateniente que los despojados de todo derecho humano, los despreciados de la historia por su condición inferior, vengan a interpelar su derecho divino a la posesión de los medios de producción.

Por eso a partir del 2011 en Chile el 12 de octubre ya no será más el día de la raza. Será el día del minero.

De todas maneras, no habrá nada que festejar.

sábado, 2 de octubre de 2010

Los confederados argentinos

Una de las herramientas más utilizadas por los intereses fácticos locales para defenestrar a su propio país a pesar de que dicen defenderlo, es la comparación de Argentina con países como EE.UU., Australia o Canadá. Según ellos, estos países ricos lo son por haber desarrollado su raíz agropecuaria. No como Argentina que ha dejado de ser un país rico allá por los años cuarenta para convertirse en un país subdesarrollado.

Esta construcción del relato nacional ha sido confeccionada por las oligarquías dueñas de las tierras más productivas de la Pampa Húmeda que absorbían toda la riqueza que generaban nuestros suelos en materia agropecuaria y condenaban al pueblo trabajador a ser sus servidores.
Ese estilo de vida parasitario denunciaba que nuestra oligarquía no estaba interesada en diversificar la producción, ni desarrollar la industria nacional, ni el mercado interno. Estaba cegada por la mirada europeísta de Sarmiento y de la generación del ochenta que consideraba que todo debía importarse de la Europa anglosajona, hasta sus habitantes. Para ellos el habitante originario o el gaucho era un ser ordinario cuyo salvajismo había que domar para destinarlo al peonaje o a la custodia de nuestras fronteras.
Una muestra ejemplar de esta visión europeísta es la diagramación que se utilizó para la construcción del Ferrocarril realizada por capitales ingleses y franceses. Las líneas férreas distribuidas en forma de abanico, posibilitaban el traslado de mercancías desde el interior del país hacia el puerto de Buenos Aires para exportarlas a Europa. De esta manera los ingleses se aseguraban la provisión de alimentos baratos en su país para mantener a su ejército industrial con bajos costos y no perder competitividad en el mercado exterior.
Por su parte nuestra oligarquía despilfarraba el diez por ciento de sus riquezas en largos viajes a Europas y el resto en consumir todos los productos que importaban desde el viejo continente. Pero no solamente importaban productos, también ingenieros y arquitectos que diseñaban sus palacios porteños y sus estancias bonaerenses a imagen y semejanza de los parisinos. De esta manera nuestra oligarquía seguía contribuyendo al desarrollo del capitalismo europeo, exportando alimento barato e importando valor agregado, hecho que ha impedido el desarrollo económico de su propia Nación.
Así nuestro desarrollo como Nación quedó anclado en las Estancias mientras que economías de países, también colonizados por una potencia extranjera, como EE.UU., Australia y Canadá produjeron un corte abrupto con la evolución económica, política y social que siguió nuestro país para convertirse en Naciones desarrolladas.

Desde antes de ser naciones libres tanto Australia como Canadá supieron diversificar la explotación de sus materias primas, pero lo más importante en este aspecto fue la modificación de la tenencia aristócrata de las tierras más productivas para redistribuirlas equitativamente entre sus habitantes, hecho que no se logró sin "confrontaciones" ni “crispaciones”.

Australia realizó una reforma agraria en 1861 sin poca resistencia. Al mismo tiempo desarrolló la minería, la cerealicultura, la tecnología y se expandieron las líneas férreas. Cuando Australia declaró su independencia de Inglaterra -recién en 1901- ya era un Estado-Nación con un fuerte sentimiento nacional, una economía diversificada y pujante, y una distribución de la riqueza por demás equitativa, preparada para convertirse también en una potencia industrial hacia mediados del siglo XX.

Cuando Canadá declaró su independencia en 1867 ya había construido una línea férrea que le permitía el intercambio comercial con EE.UU. Rápidamente comenzó a convertirse en uno de los proveedores más importantes de productos agrícolas y el mayor productor mundial de zinc y uranio. Es también líder mundial en muchos otros recursos naturales como el oro, el níquel, el aluminio y el plomo.
Desde la Segunda Guerra Mundial, la transferencia de estos recursos impulsó un gran crecimiento de la industria manufacturera, transformando a la nación de una economía rural a una, principalmente, industrial y urbana.

Pero la transformación que necesitó de mayor violencia para poder llevarse adelante se produjo en otra ex-colonia inglesa: Estados Unidos.
Estados Unidos estaba, para 1861, dividido en dos partes casi iguales: el norte unionista y el sur confederado. Los unionistas reclamaban la transferencia de recursos obtenidos mediante la exportación de tabaco, algodón y caña de azúcar por los terratenientes del sur, para el desarrollo industrial que estaban realizando tibiamente en el Norte. La Unión pugnaba por la abolición de la esclavitud y la formación de un proletariado asalariado. Para llevarse adelante estas políticas socio-económicas era imprescindible la inversión en obra pública (caminos, ferrocarriles y edificios públicos) y el establecimiento de aranceles altos para proteger a la industria nacional, mientras que los confederados no podían permitir el aumento de sus costos eliminando la esclavitud y la implementación de aranceles altos que atentaran contra el libre comercio que ellos necesitaban para exportar sus productos a las potencias industriales europeas.
Esta disputa se resolvió mediante una cruenta guerra civil que dejó en cuatro años de luchas alrededor de 620.000 muertos.
Uno de los datos más curiosos es que los vencidos, al no tener industria más allá de poseer las mayores riquezas, tuvieron que importar armas de otros países.
Finalmente la victoria de los unionistas convirtió a EE.UU. con el tiempo en la primera potencia mundial al explotar sus inmensas riquezas naturales y utilizar esas ganancias para subsidiar el desarrollo industrial. Pero más allá de eso, EE.UU. fue el país más proteccionista del mundo hasta por lo menos, la Primera Guerra Mundial, mientras que Argentina no tenía siquiera una industria que proteger.

Hoy si comparamos la evolución de países como Estados Unidos, Australia o Canadá con Argentina nos encontramos con que el decil más rico de nuestro país tiene un ingreso per cápita más alto que esa fracción de la sociedad de estos tres países, mientras que la población con menores ingresos a nivel local es, a su vez, veinte veces más pobre que los estratos más bajos de estos países. Eso se debe claramente a que el sector agropecuario no genera puestos de trabajo como lo hace la industria, además de explotar al peón y ocupar el primer lugar del sistema productivo nacional en evadir impuestos, recursos con que el Estado podría destinar más asignaciones en materia social e inversión pública y así combatir la pobreza que tanto le preocupa a la Sociedad Rural.

Sin embargo siempre que se intentó en nuestro país el desarrollo de la industria distribuyendo las divisas provenientes de la exportación de las materias primas se logró un avance significativo en la redistribución del ingreso pero estos períodos históricos fueron muy cortos y, contrariamente a lo resuelto en otros países, los exportadores agropecuarios y los especuladores financieros terminaron truncando el intento industrializador.
Esta lucha está íntimamente ligada a la evolución de los salarios de los trabajadores y a su protección social, que vivieron sus momentos de gloria en las tres presidencias del General Juan Domingo Perón (1946-1955 / 1973-1974).
Desde el 2003 el proceso liderado por Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner retoma el concepto industrialista-inclusivo trazado por el General Perón, sin embargo, tras años de profundos retrocesos, los indicadores de pobreza y desempleo todavía se encuentran por encima de los registros observados en 1974. En ese momento la desocupación no superaba el 4 por ciento y la informalidad rondaba el 17 por ciento.

Por eso no nos dejemos engañar por el discurso de los “confederados pampeanos” argentinos, que nos quieren hacer creer que la causa de nuestro subdesarrollo se debió a procesos populistas y demagogos.
Cuando se compara nuestra evolución con la de países parecidos al nuestro en cuanto a clima y riquezas naturales como Estados Unidos, Australia o Canadá para denigrarnos, no lo hacen con el sentimiento patriótico que dicen tener sino para defender el programa económico con el que siempre se llenaron sus bolsillos.