Que se rompa y no se doble
A finales de los años ochentas el radicalismo lucía acabado -al igual que el país-. Mientras Carlos Saúl
Menem prometía revolución productiva y salariazo, Eduardo Angeloz hablaba de privatizaciones y recortes del gasto público. Luego de perder las elecciones presidenciales del 89' volvió a ser elegido gobernador de Córdoba por tercera vez, mandato que estuvo envuelto en escándalos de corrupción.
En 1992 reaparecía en la escena pública el veterano Arturo Frondizi, para ser condecorado por las Fuerzas Armadas con la Medalla de oro del Ejército Argentino.
Alfonsín, que se había convertido en el político más impopular del país negociaba con Menem en 1993 el Pacto de Olivos, por el cuál se le permitía a éste la reelección a cambio de un senador más por provincia para la oposición.
En ese acuerdo, gestado por el Coti Nosiglia, apoya los indultos dictados por Menem a los cabecillas de la Dictadura Militar.
Ni Alfonsín ni el radicalismo, durante el gobierno de Menem, levantaron la voz para denunciar los hechos de corrupción y la entrega del país, será porque compartían el mismo programa de gobierno para esa etapa de nuestra historia.
En 1999 por gestión de Alfonsínse se conforma la Alianza entre lo que quedaba del radicalismo y el FREPASO, que llevara a la Presidencia de la República al conservador Fernando De la Rúa, adversario histórico del mismo Alfonsín en la interna radical.

La feroz represión desatada por su gobierno a los siete días de asumir la Presidencia y que causara dos muertos en el puente que une a las ciudades de Resistencia con Corrientes, marcaría un estilo de gobierno que, ajuste neoliberal, corrupción, privatizaciones, aumento de la deuda externa y flexibilización laboral mediante, terminaría de la misma manera que había comenzado. Las protestas sociales ante un país vaciado y con más de la mitad de la población sumergida bajo la línea de la pobreza fueron reprimidas salvajemente en todo el país dejando un saldo de 32 muertos.

Algunos funcionarios y dirigentes radicales que pertenecieron o apoyaron al gobierno de la Alianza son los mismos que hoy ponen palos en las ruedas del gobierno nacional y popular kirchnerista. Uno de ellos, el “Milico” Oscar Aguad, titular del bloque radical de diputados, fue procesado recientemente por “administración infiel” cuando se desempeñaba como
interventor federal de Corrientes. Aguad no pudo explicar cuál fue el destino de los 60 millones de dólares que había pedido como crédito.
Su apodo “el milico” se debe a que siendo funcionario del gobierno cordobés, acompañó a Luciano Benjamín Menéndez en el palco de honor de las ceremonias públicas.
El cargo que ocupaba en dicho gobierno era el de Ministro de Asuntos Institucionales, desde dónde respaldó la designación en la dirección de Inteligencia y de Drogas Peligrosas de la policía a los hermanos Carlos y Raúl Yanicelli, conocidos como Tucán Grande y Tucán Chico.
El Tucán Grande tuvo participación en un entierro clandestino de cadáveres durante la Dictadur
a y fue acusado, junto a su hermano, de torturar a ciudadanos secuestrados. Esas acciones le valieron cinco ascensos en siete años.
Aguad tuvo que pasarlo a Retiro luego de la protesta de la Conadep y finalmente fue detenido en el año 2008.
Es cierto, hubo y hay radicales para todos los gustos. Los hubo de derechas pero también de izquierdas. Y casi todos estos dirigentes tuvieron un punto de unión ineludible: el respeto virtual por la democracia del ciudadano y el desprecio efectivo por los derechos del pueblo, término que para los correligionarios significó y significa un colectivo abstracto que nunca alcanzó el status de realidad.
Porque a los pobres no se los alimenta con las palabras República, instituciones o democracia. Se los alimenta con trabajo digno y justicia social.
Por lo demás, el radicalismo tiene una rica historia plagada de traiciones, conspiraciones, represión, contradicciones y sumisiones que han manchado una y mil veces la frase más célebre que ha pronunciado su progenitor Leandro N. Alem:
A finales de los años ochentas el radicalismo lucía acabado -al igual que el país-. Mientras Carlos Saúl
Menem prometía revolución productiva y salariazo, Eduardo Angeloz hablaba de privatizaciones y recortes del gasto público. Luego de perder las elecciones presidenciales del 89' volvió a ser elegido gobernador de Córdoba por tercera vez, mandato que estuvo envuelto en escándalos de corrupción.En 1992 reaparecía en la escena pública el veterano Arturo Frondizi, para ser condecorado por las Fuerzas Armadas con la Medalla de oro del Ejército Argentino.
Alfonsín, que se había convertido en el político más impopular del país negociaba con Menem en 1993 el Pacto de Olivos, por el cuál se le permitía a éste la reelección a cambio de un senador más por provincia para la oposición.

En ese acuerdo, gestado por el Coti Nosiglia, apoya los indultos dictados por Menem a los cabecillas de la Dictadura Militar.
Ni Alfonsín ni el radicalismo, durante el gobierno de Menem, levantaron la voz para denunciar los hechos de corrupción y la entrega del país, será porque compartían el mismo programa de gobierno para esa etapa de nuestra historia.
En 1999 por gestión de Alfonsínse se conforma la Alianza entre lo que quedaba del radicalismo y el FREPASO, que llevara a la Presidencia de la República al conservador Fernando De la Rúa, adversario histórico del mismo Alfonsín en la interna radical.

La feroz represión desatada por su gobierno a los siete días de asumir la Presidencia y que causara dos muertos en el puente que une a las ciudades de Resistencia con Corrientes, marcaría un estilo de gobierno que, ajuste neoliberal, corrupción, privatizaciones, aumento de la deuda externa y flexibilización laboral mediante, terminaría de la misma manera que había comenzado. Las protestas sociales ante un país vaciado y con más de la mitad de la población sumergida bajo la línea de la pobreza fueron reprimidas salvajemente en todo el país dejando un saldo de 32 muertos.

Algunos funcionarios y dirigentes radicales que pertenecieron o apoyaron al gobierno de la Alianza son los mismos que hoy ponen palos en las ruedas del gobierno nacional y popular kirchnerista. Uno de ellos, el “Milico” Oscar Aguad, titular del bloque radical de diputados, fue procesado recientemente por “administración infiel” cuando se desempeñaba como
interventor federal de Corrientes. Aguad no pudo explicar cuál fue el destino de los 60 millones de dólares que había pedido como crédito.Su apodo “el milico” se debe a que siendo funcionario del gobierno cordobés, acompañó a Luciano Benjamín Menéndez en el palco de honor de las ceremonias públicas.
El cargo que ocupaba en dicho gobierno era el de Ministro de Asuntos Institucionales, desde dónde respaldó la designación en la dirección de Inteligencia y de Drogas Peligrosas de la policía a los hermanos Carlos y Raúl Yanicelli, conocidos como Tucán Grande y Tucán Chico.
El Tucán Grande tuvo participación en un entierro clandestino de cadáveres durante la Dictadur
a y fue acusado, junto a su hermano, de torturar a ciudadanos secuestrados. Esas acciones le valieron cinco ascensos en siete años.Aguad tuvo que pasarlo a Retiro luego de la protesta de la Conadep y finalmente fue detenido en el año 2008.
Es cierto, hubo y hay radicales para todos los gustos. Los hubo de derechas pero también de izquierdas. Y casi todos estos dirigentes tuvieron un punto de unión ineludible: el respeto virtual por la democracia del ciudadano y el desprecio efectivo por los derechos del pueblo, término que para los correligionarios significó y significa un colectivo abstracto que nunca alcanzó el status de realidad.
Porque a los pobres no se los alimenta con las palabras República, instituciones o democracia. Se los alimenta con trabajo digno y justicia social.
Por lo demás, el radicalismo tiene una rica historia plagada de traiciones, conspiraciones, represión, contradicciones y sumisiones que han manchado una y mil veces la frase más célebre que ha pronunciado su progenitor Leandro N. Alem:
“Que se rompa y no se doble”
FIN
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