martes, 13 de julio de 2010

Feria La Salada y Talleres Clandestinos

El último embate que ha producido la clase media acomodada contra las clases más desprotegidas fue la demonización de las ferias informales de ropa, sobre todo de “La Salada”.
Se dice que los habitantes de esta enorme feria no compiten lealmente con los comerciantes que pagan todos sus impuestos y que además tienen altos costos en alquileres, lo cual es cierto.
Pero poco se dice de la exorbitante rentabilidad de la que gozan las grandes marcas al remarcar hasta el 500% una prenda y de la mínima ganancia que tiene un feriante, el cual está obligado a vender grandes cantidades de prendas al por mayor para poder obtener una estimable ganancia final.
Pero para poder comprender esta compleja situación y terminar con los análisis simplistas y fascistas se debe tener conocimiento del porque se ha llegado a esta instancia.


En la década de los noventa uno de los núcleos productivos que más ha sufrido los embates de las políticas neoliberales, y por lo tanto, que ha dejado profundas huellas en la producción nacional, fue el de la confección del vestido.

Como convenía más importar que fabricar en el país, para resguardar su rentabilidad, los fabricantes de indumentaria reemplazaron la fabricación por la importación de productos terminados (prendas hechas). En consecuencia desarmaron sus propios talleres y despidieron a todo el personal especializado en el manejo de máquinas. De esta manera se fue perdiendo la mano de obra especializada en corte y confección.

Cuando a partir del año 2003 el ciclo productivo nacional comenzó a recuperarse los fabricantes recurrieron a talleres textiles independientes que fabricaban para terceros, tercerizando así toda la producción.

Al ser este trabajo mal pago y además de alto riesgo, por las exigencias en la calidad de la confección que llevan al dueño de la marca (el antiguo fabricante) a descontar pagos arbitrariamente o a no pagar la producción ante el mínimo detalle que no es de su gusto, el tallerista (dueño del taller) se ve obligado a implementar diferentes metodologías para que su negocio sea rentable, razón que no lo exime de responsabilidad:

A- Contrata trabajadores en su gran mayoría extranjeros (bolivianos y paraguayos) sin brindarles el mínimo de sus derechos laborales
B- Pagar por prenda fabricada, por producción o por hora, obligando al costurero a asistir a su trabajo aún en condiciones desfavorables anímicas o físicas, mientras que cuando no entra trabajo lo abandona a su suerte.
C- No se respeta el horario mínimo de ocho horas de trabajo para que el costurero produzca más prendas.
D- Fábricas que no cumplen los mínimos de exigencia en cuanto a higiene y limpieza del establecimiento, y en cuanto a la salud del trabajador (siempre importante en casos de accidentes), produciéndose el hacinamiento de máquinas y trabajadores.

Las pésimas condiciones de trabajo en los talleres independientes y el bajo valor comparativo que tienen las máquinas de coser, ha generado una segunda parte en la identificación del problema: el trabajo a domicilio.
A raíz de la pérdida de mano de obra nacional en el rubro de la confección del vestido se ha venido produciendo hace algunos años un nuevo fenómeno en la problemática de este rubro, que es la mano de obra extranjera y barata, importada desde los países limítrofes de Bolivia (en un 90 por ciento) y Paraguay. Estos trabajadores extranjeros llegan escapando de una miseria aún peor que es la que sufren en sus propios países.
Podemos identificar a dos clases de inmigrantes:

A- Quienes vienen por su cuenta buscando trabajo con “cama adentro”. Al resultarles imposible alquilar una vivienda digna no solo por su escaso poder adquisitivo sino también por la falta de documentación y garantes, terminan siendo empleados por talleres que les ofrecen cama y comida –a veces hasta a familias enteras- en condiciones deplorables. De esta manera el costurero se ahorra gastos de alquiler, de alimento y de transporte, y puede trabajar más horas, siendo esta forma de trabajo, muchas veces, elegida por el propio trabajador.

B- Quienes son traídos engañados -muchas veces por sus propios compatriotas dueños de talleres- están condenados a la esclavitud en esta clase de talleres con vivienda. Ante el desconocimiento que tienen de la ley vernácula se les retira el documento y se les prohíbe salir del establecimiento con el falso argumento de que, de ser interceptados por la policía, pueden ser enviados a prisión o pueden ser deportados a su país de origen.
En este tipo de talleres es común que las máquinas estén ubicadas al lado de las camas de manera tal que el costurero pierda la menor cantidad de tiempo posible. En estos casos el costurero llega a trabajar hasta veinte horas diarias.

Estas metodologías de trabajo no se han inventado por arte de magia sino que han sido importadas por los “fabricantes” de ropa de nacionalidad coreana que comenzaron a llegar a nuestro país a finales de la década de los setenta y que han establecido sus locales en la zona conocida como Avellaneda y Nazca.Esta forma de trabajo era implementada, hasta la década de los ochenta, casi exclusivamente por los coreanos, caracterizados en el mercado por fabricar prendas baratas. Pero en los noventa comenzaron a copiar este modelo de producción hasta las marcas más “paquetas”.

En consecuencia los trabajadores, cuando se cansan de ser explotados, pasan a engrosar la población de las villas de emergencias o las casas del tipo “conventillo”, dónde familias enteras son hacinadas en pequeños cuartos, con baños y cocinas compartidas, y pagan altos alquileres por habitaciones derruidas, en muchos casos a medio terminar.

Así comenzaron a funcionar los talleres familiares en las villas de emergencia o en esta clase de modernos conventillos dónde no se cumplen las condiciones mínimas para desarrollar un trabajo digno y dónde los trabajadores son condenados a la pobreza ya que no tienen la mínima posibilidad de progresar siendo que las reglas del libre mercado, con la complicidad de un Estado ausente que regule los precios, deprecian los valores de la confección de las prendas cuando los ciclos productivos son negativos pero jamás lo aprecian cuando son positivos.

En épocas de cambios de temporada (por lo general las marcas de ropa detienen su producción entre dos y cuatro meses al año) o de crisis, estos talleres denominados “clandestinos” paran de producir y se convierten en caldo de cultivo del clientelismo político. En toda villa de emergencia o barrio humilde existen comedores populares manejados por partidos políticos que a cambio de un plato de comida exigen a los trabajadores asistir a las marchas o a los piquetes. Esta práctica es muy común entre los partidos de izquierda emparentados con el “troskismo”.

Nos encontramos así ante una situación de distribución de la riqueza más que inequitativa si tenemos en cuenta que los dueños de las marcas de indumentaria son por lo general empresarios, como mínimo de clase media acomodada, preocupados por la imagen (desfiles de modas, Congresos, exhibiciones y ferias conchetas, organizadas en los lugares más caros del país y del extranjero) y por viajar tres o cuatro veces al año a Europa o Estados Unidos para “buscar” la colección de la próxima temporada (en el rubro textil la frase “buscar la colección” funciona como sinónimo de copiar los modelos diseñados en las ciudades que son consideradas como capitales de la moda, como por ejemplo Londres, París, o Milan), mientras que los obreros del vestido que trabajan a destajo no gozan ni siquiera de las mínimas condiciones de lo que llamamos una vida digna.

Nos encontramos entonces con que algunos talleristas independientes o familiares que, por alguna razón disponen de algún capital, confeccionan sus propias prendas (algunos tienen su propia marca otros no le ponen marca y otros las “truchean”) y las venden en diferentes ferias de ropa económica donde por la falta de control de las instituciones del Estado se fomenta el mercado “negro” y la informalidad. Por tal motivo se producen posiciones dominantes de algunos grupos de poder, apuntalados por algún tipo de autoridad corrupta, que hace negocios espurios o confisca la mercadería de talleristas que se niegan a pagar coimas.

Es cierto en estas ferias no se respeta ni las más mínimas condiciones de competencia. También tienen razón los dueños de las grandes marcas al quejarse de que no hay mano de obra calificada o de que los talleres son un desastre y por eso prefieren importar producto terminado de Perú o de Brasil atentando contra el trabajo nacional

Pero convengamos que, por todo lo explicado anteriormente, ellos son los únicos responsables de la destrucción de mano de obra y de que hayan proliferado estas ferias informales, alimentadas por trabajadores desesperados que intentan escaparle de alguna manera a la esclavitud o a la injusta condena de ser un trabajador pobre.

Aunque eso, los hipócritas y frívolos patrones del vestido, nunca lo tienen en cuenta.

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