Pe
ro la igualdad de oportunidades construyó sus cimientos en las máculas coloniales de los países del tercer mundo en dónde recalaron miles de empresas y Bancos de capitales europeos, que gracias a sus alianzas con los gobiernos cipayos autóctonos transfirieron incalculables fortunas a través de mares y océanos. Y cuando los inmigrantes empobrecidos golpeaban desesperados las puertas del primer mundo para escapar de la miseria, fueron despreciados, rechazados o destinados a realizar los trabajos peores pagos (a menos que sean buenos jugadores de fútbol)Así los Estados de Bienestar europeos fueron virando hacia sistemas políticos-económicos más emparentados con el libre cambio y la democracia restringida. En consecuencia han fomentado las privatizaciones, las finanzas por encima de la producción, las explotaciones de recursos naturales en los países del tercer mundo, el racismo, los monopolios y oligopolios, la pérdida de derechos laborales, los recortes en el gasto público y los despidos. En definitiva todos los vicios que impusiera el neoliberalismo por estas pampas hace veinte años y que terminara con el estallido social del 2001.

Hoy la
crisis mundial del capitalismo encuentra a los países periféricos en una sorprendente espiral de desarrollo con sistemas políticos que apuntan a la equidad tan deseada por la Social Democracia europea. En cambio a los países centrales, se le van cerrando los conductos de riquezas de sus antiguas colonias y no encuentran otra solución a la crisis que ajustar hacia adentro, no a los Bancos o a las multimillonarias corporaciones, sino a los bolsillos del pueblo trabajador. Un ajuste salvaje que no encuentra diferencias entre gobiernos liberales, conservadores o socialdemocrátas. El poder económico es el que decide la política.Como frutilla al postre, acusan a los países periféricos de proteccionistas por impulsar el desarrollo industrial -tan postergado por estas orillas- las exportaciones y el crecimiento del mercado interno. Herramientas claves para lograr la independencia definitiva de las potencias extranjeras.
Así muchos países pequeños de Europa, sin grandes industrias ni riquezas naturales, pero convidados al festín por los países centrales, van dejando atrás sus sueños de nuevos ricos. Sus empresas de servicios pierden privilegios en mercados coloniales y su extendida clase media ya no hace cola en el Corte Inglés para arrasar con todo lo que encuentre en su camino.

Y aunque los hayan hecho sentirse parte de un proyecto regional en común que llevaría prosperidad a toda la sociedad europea por igual, existe una diferencia sustancial entre los países grandes y los países pequeños que estos últimos no deberían volver a olvidar: que unos mandan y otros obedecen.
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